De miedos, bichos y dineros

Murciélago, miedoHace ya algunos ayeres, cuando el minigalán era toda una ternurita y yo aún vivía en el DF, un murciélago tuvo a bien invitarse a nuestro departamento. Era viernes por la tarde y, al poner a mi bebé en su cuna noté que algo deeeeemasiado grande para ser un mosquito o, peor aún, una mariposa negra, aleteaba por la recámara. ¿Qué les puedo decir? El pánico no se hizo esperar. Tome a mi bebé y me encerré teléfono en mano en otra recámara. Acto seguido decidí pedir auxilio…

¿Les había dicho que era viernes por la tarde en el DF? Mi suegro, tan lindo como siempre, respondió a mi llamado de ayuda, estimaba llegar en dos horas a lo menos. El marido prometía pisar el acelerador y llegar ¿cuánto antes? El esposo de una amiga que vivía cerca declinó la invitación a la aventura diciendo que era alérgico a los murciélagos (o algo igual de inverosímil).

Mi desesperación era tal que al escuchar a uno de mis vecinos llegando no tuve otra opción que aventurarme hacia la puerta y pedirle ayuda ¿El resultado? El amable (e inútil) señor se paró en la puerta de entrada y, sin soltar su periódico ni su laptop, se dedicó a observar al ratón con alas y repetir cada dos minutos muy despacito “un murcieeeelago, queeee intereeesanteeee” Su interés duró lo suficiente como para dar tiempo a que llegara el famosísimo #hombreguapo, se armara de una raqueta y con el pavor que nunca le había conocido intentara salvar a su familia con unos raquetazos que me hicieron darme cuenta de que mis hijos no tendrían ADN de atleta en su sangre.

En cierto momento mi pánico disminuyo lo suficiente como para darme cuenta de lo absurdo de la situación y dio paso al enojo que corresponde a cualquier damisela en apuros que no es rescatada en tiempo y forma. Tomé una toalla (quiropterólogos, abténganse de seguir leyendo) y a toallazo limpio noquee al intruso que pretendía convertir mi hogar en su baticueva, lo agarré con todo el asco del mundo y lo encaminé hacia la ventana.

¿Y las finanzas personales? Esta anécdota salió mientras desayunaba hace algunos días con mis amigas y mientras se las contaba caí en cuenta de que, ante una situación de pánico (llámese murciélago, deudas, hacer frente a imprevistos, incertidumbre ante una decisión financiera, etc.) nuestra primera reacción es esperar a ser salvados y se convierte prácticamente en obligación de otros ayudarnos sin importar que quieran o puedan. Si estamos en problemas ¡que alguien nos rescate!

Pero ¿qué pasa cuando la ayuda no llega o no funciona? ¿Cuánto tiempo más podemos quedar paralizados? Opciones como huir, pretender que el problema no existe, aprender a vivir con ello (imagínense a un murciélago como mascota), echarle la culpa a otros. La verdadera solución de nuestros problemas comienza cuando permitimos que el miedo pase y decidimos tomar control sobre los resultados.

Más que la falta de dinero, el miedo actúa como un paralizador que nos impide evaluar opciones, generar ideas y armarnos de la motivación para llevarlas a cabo. ¿Qué otra razón puede tener un despacho de cobranza para aterrarte con sus llamadas y amenzas? El miedo es un fantástico controlador para ellos. Cada uno de nosotros tiene el poder para decidir hasta cuándo el miedo tendrá poder de decisión sobre nuestras vidas y carteras.

Mariposas negras, cucarachas y ratones han querido invitarse a mis casas. También la falta de dinero, las deudas que se expanden como la humedad así como grandes gastos imprevistos. Reconocer el miedo inicial, aceptarlo y digerirlo para después armarme de valor y sacarlos “a toallazos” de mi vida ha sido el proceso para evitar que la invadan. Recuerda, toma el control de tu dinero (y de tus bichos) antes de que otros lo hagan por ti.

Karla Bayly